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La feria

Relato basado en las ferias de la Edad Media, a través de su ambientación podemos imaginar como se vivía las ferias hace cientos de años.



- Vamos, date prisa, llegamos tarde.
- Ya voy...me ayudas a atarme la falda?
- Sí...ven aquí.
- Qué me vas a comprar?
- Tela para hacerte ropa, lana para tejer toquillas, vino, un par de gallinas ponedoras, un cántaro...espero que me den suficiente por los bizcochos.
- Ningún juguete? Ningún dulce?
- No podemos gastarnos el dinero en cosas que no nos hacen falta, hija...

Elisa cierra la puerta de su casucha, se asegura de que la valla del corral quede bien cerrada, carga en su cabeza el canasto con los bizcochos que hizo la noche anterior y se encamina a la plaza del pueblo, esperando poder comprar lo que necesita para pasar el crudo invierno abrigadas, ella y su hijita.

Dos inviernos antes, unas fiebres sobrevenidas por las heridas que había sufrido en alguna de aquellas malditas batallas de señores contra señores se llevó por delante a su marido. La vida en un pueblo del medievo no es amable para una mujer sola con una niña pequeña.

Hace frío y viento. Acaba octubre y es la última oportunidad para abastecerse de lo necesario. Es la feria. Está amaneciendo.

Elisa y su hija caminan a buen paso, la pequeña se queja de lo rápida que va su madre. Pero su madre no se detiene. Tira de ella, la lleva poco menos que en volandas...sabe muy bien que es imprescindible llegar pronto para conseguir un buen sitio y poder vender cuanto antes sus bizcochos, que le darán una pequeña cantidad de dinero.

Cuando llegan a la plaza, ya hay mercaderes venidos desde lejos desaparejando sus animales, extendiendo su mercancía en los precarios puestos y saludándose entre ellos. Albarderos, herreros, artesanos, panaderos, meleros, vinateros, chamarileros, vividores, pillos y rufianes, poco a poco la plaza se va llenando de gente que viene de los pueblos aledaños a comprar lo necesario: arreos para los animales, aperos de labranza, vino, alforjas, cántaros y tinajas, quincalla, animales de tiro o ganado.
Cifuentes es el último pueblo donde se hace vino. Más allá está la Sierra, tierra poco acogedora para la vid. Los serranos bajan a Cifuentes a comprar el vino de todo el año. Es una de las ferias más importantes de la zona.
Elisa extiende sus bandejas de bizcochos con la esperanza de venderlos en poco tiempo, evitar a su hija el frío de la mañana y resolver sus problemas de abastecimiento cuanto antes.
La niña juega en la plaza con otros niños bajo la atenta mirada de su madre.

- Ay, Elisa, si tú quisieras....qué necesidad tienes de estar aquí, pudiendo ser mi mujer?
- Anda ya, majo! Quieres bizcochos? Cómprame bizcochos y déjate de zarandajas.
- Ay, Elisa, qué leche tienes!
- Y tú cuánto tiempo tienes, pa perderlo. Anda, tira!

Elisa es guapa, lozana y resuelta, una mujer con empuje. No es una buena cualidad en este tiempo feroz en el que las mujeres trabajan como mulas pero siempre bajo el yugo de un hombre, que además les ha sido asignado.
En cierto modo, su viudez le ha proporcionado la capacidad (y la obligación!) de tomar decisiones. Sabe que no es lo normal, y lo valora como un preciado tesoro.
Tiene candidatos para vivir con menos apreturas, si quisiera. Pero prefiere vivir modestamente y evitarse aguantar al cabestro de turno.
No es feliz. Echa de menos a su marido, trabaja demasiado y no está bien visto que una viuda joven rechace ofertas de matrimonio que la “recogerían”. Rechaza con ello la protección de un hombre y la posibilidad de tener docenas de hijos. Ella no es convencional.
Elisa tiene confianza en ella misma, y está convencida de que podrá salir adelante con la sola fuerza de su voluntad y su inteligencia.
Va pasando la mañana entre los saludos de los feriantes, el goteo de gente que pasa, mira y compra aquí y allá, apenas se puede dar un paso.
Va vendiendo sus bizcochos, contando mentalmente: ya puedo comprar la lana. Con un poquito más consigo las gallinas...
Poco a poco va recaudando el dinero que necesita, lo va guardando en la faltriquera que acaricia con una sonrisa callada...piensa en un poquito más, un poquito más....si consiguiera un par de monedas de más, podría feriar algo a la niña...pobrecica....un dulce, o un juguetillo...

Pasa un joven escudero y se detiene ante los bizcochos. Le pide uno para su señor, dibujando una sonrisa franca, abierta, acogedora.
- Alfonso! Qué haces tú aquí?? Qué alegría
- Prima! Qué buena idea, vender tus bizcochos! No, si llegas a ser hombre serías el conde de Cifuentes! Amoooooosssss!!!!
- Qué me cuentas?
- Ves a aquel caballero que no ha desmontado?
- Aquel que mira a todo el mundo con cara de asco y desprecio?
- Ese! Es mi señor.
- Pues parece un hideputa importante.
- Lo es. Quiere probar tus bizcochos
- No será por nada
- Paga, paga bien. Eso es lo que le gusta, pagar a la vista de todo el mundo, demostrar su riqueza.
- Perfecto. Que me pague el precio de tres bizcochos por uno solo.
- Hecho...

El caballero bien puede pagar el triple del precio que Elisa había establecido. Sigue siendo poco, pero ella no se lo piensa más, y le hace pagar por el trabajo de sus manos enrojecidas por el frío y de sus párpados hinchados de sueño y cansancio.
El vanidoso señor, henchido de orgullo (no todo el mundo tenía un caballo, ricos ropajes y una bolsa tan repleta) disfruta del bizcocho de Elisa y sin bajar de su caballo se dirige a ella

- Dime, harapienta aldeana...haces tú estos bizcochos?
- Harapienta tu puta madre, piensa Elisa, pero se clava las uñas en las manos para no decirlo en voz alta. Sí, los hago yo, señor.
- Te compro los que te queden.
- Son suyos, señor, al mismo precio que ha pagado el primero.
- Dice mi escudero que pasas calamidades por culpa de tu viudez y tu tozudo carácter. Ven a mi señorío a trabajar en el horno y no tendrás hambre nunca más.
- Se lo agradezco, señor, pero no puedo aceptarlo. Demasiadas cosas me unen a mi pueblo, no sabría vivir en otro sitio.
- Mira que no insistiré...docenas de mujeres como tú estarían deseosas de recibir semejante oferta...
- Ya está pensado, señor. Que Dios se lo pague. Pero no puedo aceptarlo.

El caballero altivo marcha a lomos de su caballo, seguido por Alfonso que ahoga una risita y carga con toda la producción de bizcochos de su prima.

Queda Elisa contando su dinero, comprobando que la ropa de este invierno podrá ser de mejor calidad, que su niña tendrá un juguete y un dulce, tendrá una gallina de más, un buen cántaro...
Y da las gracias para sus adentros.
-Gracias, Señor, por poner en nuestro camino tanto tonto adinerado.


Dama sin sombra  para  Cifuentesnet © 1 de Octubre 2006
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